Salvo contadas y peculiares excepciones, toda la gente que nos hemos encontrado después de hacer el Camino nos ha dicho:
A. Los que lo han hecho ya, quieren repetir;
B. Los que no lo han hecho quieren hacerlo.
Y es que el Camino, además de significar un reto personal y un acto de fe (para algunos) tiene algo de mágico, algo de misterioso y de espiritual.
Aún para mí, que no conseguí que me dieran la Compostela por declarar que no lo hice por motivos religiosos, el Camino tiene mucho de espiritual, primero porque constituye una oportunidad increíble para probarnos a nosotros mismos de lo que nuestra mente es capaz aún soportando las debilidades del cuerpo y segundo por la cantidad de lecciones que nos da el Camino en tan corto tiempo.
Una de esas lecciones consiste en aprender que la vida se disfruta mucho más cuando se va ligero de equipaje.
El segundo día de Camino hice un inventario mental de todo lo que llevaba en la mochila con el objetivo de empezar a desprenderme de algunas cosas para ir más ligera. No conseguí desprenderme de nada porque lo que llevaba era lo mínimo indispensable pero conseguí reflexionar acerca de lo ligera que iría, no sólo en el Camino sino en la vida, si fuera capaz de desprenderme de ciertos objetos materiales y de ciertos hábitos que no hacen más que ocupar lugar en el espacio y en la mente.
En el caso de los objetos, el camino constituye una oportunidad invaluable para sentir la libertad y la alegría que da ir con lo junto: ¡Qué tranquilos y qué despreocupados íbamos sin nada susceptible de ser robado en las mochilas! ¡Con qué alegría nos preparábamos para salir cada día en 5 minutos porque sabíamos de antemano lo que nos íbamos a poner: llevábamos tan poca cosa que era fácil decidir!
La felicidad es un estado del alma y nada material puede darnos felicidad; parece un cliché pero es la más grande de todas las verdades. Los peregrinos llevamos a la espalda lo mínimo indispensable y cada vez que tenemos el impulso de comprar algo, debemos pensar que sea lo que sea, deberemos cargar con ello por el resto del Camino…así que no compramos nada a menos que sea para reemplazar algo que vamos a tirar o a menos que nos sea indispensable.
Es una excelente lección para la vida, deberíamos hacernos la misma pregunta cada vez que vamos a adquirir algo, sobre todo para saber si ese algo nos va a obligar a cargar con él y por cuánto tiempo, por ejemplo cuando debemos cargar con una deuda, si nos es indispensable o si nos va a crear una nueva esclavitud. Lo pensé hace pocos días cuando nos compramos una moto nueva, el vendedor nos dijo que debíamos hacernos con un parking porque nos íbamos a hartar de llorar “si un niñato venía y nos la rayaba”…no pude más que pensar que en lugar de vendernos la sensación de libertad y de alegría que nos da viajar en moto, nos estaba vendiendo una jaula, una cárcel de miedo y preocupación…y decidí que comprábamos la moto, pero libre de cargas y preocupaciones, una moto es lo que es, igual que un coche, un medio de transporte al que no se puede “humanizar” ni hacer portador de todos nuestros sueños de grandeza y riqueza, porque entonces sí que nos hartaremos de llorar si le pasa algo y entonces sí que seremos esclavos suyos.
Esa es una de las cosas que aprendí en el Camino, la otra, si cabe, más importante, es que no podemos cargar con pensamientos negativos hacia nosotros mismos ni hacia los demás. Treinta kilómetros al día son muchos kilómetros y los momentos en los que se hace el Camino en silencio dan para pensar muchas cosas; la sensación de cansancio y el dolor constante que te acompaña durante toda la jornada algunos días te ponen ante el dilema de elegir entre pensar en la inmensidad del espacio y en lo sublime del paisaje, en lo hermosa que es la vida que te permite andar y andar sin parar, kilómetro a kilómetro, en lo agradecida que estás por estos tus dos pies que a pesar de su aspecto delicado y frágil son capaces de llevarte desde León hasta el corazón de Galicia o por el contrario concentrarte en el dolor, en el cansancio, en la sed o en el calor. Tú eliges, al igual que todos los días de tu vida, eliges pensar bien y positivamente sobre ti y los demás o concentrarte en las penas, los sinsabores, las envidias y las frustraciones que constituyen el equivalente al “dolor de pies” del Camino de Santiago trasladado al camino de la vida.

